La tarde cae sobre el centro de atención de Mala Mala. Ya no hay pacientes y los mates pasan de mano en mano. Guillermo Urmendiz Villamil decide musicalizar el atardecer y con su celular empieza a repartir vallenatos por el cerro silencioso. Si a esto se le suma el colorido sombrero "vueltiao" con el que se protege del sol y la tonada que hace pensar en tierras muy lejanas a los cerros tucumanos, queda claro que la historia del odontólogo es particular.
Guillermo es hijo de un médico colombiano y de una psicóloga tucumana. Nació en Tucumán, pero a los pocos meses sus padres se fueron a Cali, donde él vivió hasta los 18 años, cuando regresó a estudiar a la UNT.
Se desempeña en el área operativa de Alta Montaña desde hace tres años y explica que el objetivo de su trabajo es hacer prevención y promoción de la salud bucal. "Cada localidad tiene un médico a cargo; los dos odontólogos (Gustavo Sampayo es el otro) vamos rotando por cada una", explica Guillermo. "Trabajamos de forma coordinada con las escuelas, porque reciben alumnos que vienen desde todos los parajes. Con los chicos profundizamos la prevención: les damos cepillos de dientes y les hacemos topicaciones con fluor", detalla.
Guillermo sostiene que la salud bucal de los habitantes del cerro mejoró mucho durante los últimos años. Y agrega que los problemas más comunes son los mismos de los pacientes de la ciudad: caries, gingivitis y enfermedad periodontal. El odontólogo asegura que la atención que se brinda en Mala Mala es la misma que la de cualquier consultorio. "Antes trabajábamos en sillas incómodas -apuntó-. Ahora nos dieron sillones odontológicos para cada comunidad; algunos ya están instalados y a otros hay que subirlos".